
El trasfondo de este dicho es histórico y hay que remontarse al momento en el que quien sería más tarde Enrique IV de Francia (en la imagen de la derecha, que podéis encontrar aquí, obtenido vía WikimediaCommons) se dirigía a ser coronado como rey en la capital gala. Enrique, quien había sido rey de Navarra, era protestante y tuvo que abjurar de su fe y convertirse al catolicismo para poder acceder al trono de Francia, del que era heredero; por eso, la frase, apócrifa o no, se le atribuye para justificar su cambio de fe.
2 comentarios:
chevere
Gracias.
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